
Perdió dos clientes que eran el 55 % de su facturación
Metalurgia · Barcelona · 1-1,5 M€ de facturación · 20-25 empleados
El punto de partida
Un empresario de 62 años, fundador de un taller de mecanizado industrial, llevaba tres décadas fabricando piezas para automoción. La pérdida de dos clientes que representaban el 55 % de su facturación dejó la empresa inviable en menos de un año.
Sobre la mesa: más de veinte empleados, un préstamo ICO de 120.000 € del que era avalista personal y 67.000 € de deuda con proveedores.
Su gestor le decía que buscara clientes nuevos. Su abogado le hablaba de concurso. Él solo quería cerrar bien y jubilarse sin que le embargaran la casa.
El nudo de la decisión
Tres cosas complicaban el cierre. La nave era de alquiler con cuatro años de contrato pendiente y una penalización equivalente a dieciocho meses de renta, 126.000 €. La maquinaria estaba parcialmente financiada, con dos leasings y 43.000 € de valor residual. Y varios empleados llevaban más de quince años en la empresa, en una comarca con precedentes conflictivos de ERE en el sector.
Lo que nadie le había planteado era el orden. La opción evidente —cerrar y después ver qué se hace con la maquinaria, el alquiler y los leasings— dejaba las liquidaciones laborales sin cubrir y convertía cada negociación en una conversación con un acreedor de una empresa cerrada.
El camino era el inverso: liquidar la maquinaria antes del cierre formal, usar ese ingreso para cubrir las liquidaciones, y negociar la rescisión del alquiler y la cancelación de los leasings en paralelo. Todo a la vez, no en secuencia.
Negociar desde una empresa que todavía opera y que puede pagar no tiene nada que ver con hacerlo desde una que ya ha cerrado.
Qué hicimos
Cómo acabó
La empresa cerró en cinco meses con todas las deudas resueltas o renegociadas, sin procedimientos judiciales abiertos y con todas las liquidaciones laborales cumplidas.
El fundador inició su jubilación siete meses después de la primera reunión, sin deuda pendiente y sin avales vivos.
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